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  Claves secretas por Julio Sanchez

     La geometría persistente, una paleta distintiva, la ausencia de figuras humanas y un clima metafísico son algunos de los rasgos que distinguen la pintura de Federico Carbia. Una y otra vez aparecen caminos, muros, escaleras, ventanas y portales. Detrás de la aparente simplicidad de estos temas se asoman los símbolos más antiguos y universales del ser humano. Veamos algunos de ellos.

Hay una gran cantidad de arcos de dos columnas y un travesaño, en su forma más simple y depurada. Tradicionalmente el arco marca un límite entre el espacio sagrado y el profano, en la historia de la humanidad encontramos diversos ejemplos: el tori del Japón sintoísta (como el de la isla de Matsushima, cerca de Hiroshima), los torana que rodeaban las primeras stupas budistas de la India (como los de Sanchi), y naturalmente los arcos de triunfo del imperio romano por donde pasaban los ejércitos triunfantes. El arco es una forma de puerta (o portal) de acceso a lo sagrado, Jesús mismo dice: ”Yo soy la puerta por la que entran mis ovejas (…). Yo soy la puerta, el que por mí entrare se salvará”, San Juan, 10, 7.9. Los arcos - portales de Carbia no son ostentosos, más bien son esenciales y guardan la estructura primordial de esta forma. También nuestro artistas pinta ventanas una y otra vez, su función simbólica es análoga a la puerta, pues también marca límite entre lo sagrado y lo profano. Conocemos la importancia de los vitrales en las iglesias góticas, y sobre todo del rosetón de la fachada. Desde afuera, en el espacio profano, apenas se ve el esqueleto de piedra y vidrios opacos, pero cuando el fiel ingresa al interior y ve el rosetón desde adentro allí estalla el esplendor de los vidrios con todo su color, como si ver el mundo desde la sacralidad tuviera otro tinte. Algunas ventanas pintadas por Carbia parecen haber escapado del muro, aunque sigan sostenida por sogas.

¿Qué otros símbolos universales encontramos en sus pinturas? El círculo y el cuadrado, o en su defecto el rectángulo que no es más que un cuadrado duplicado. Ambos rigen la dualidad cielo – tierra; el cuadrado es estable y fijo, cuatro son los puntos cardinales, las estaciones y los elementos; la materia se desarrolla en el espacio y tiempo y en ellos rige la cuaternidad. Las estrellas describen un círculo en su recorrido (visto desde la tierra) y el círculo es un antiquísimo símbolo de lo celestial. “Dios es un Círculo que tiene su centro en todas partes, y cuya circunferencia no está en ninguna”, afirmaba el mítico creador de la Tabla Esmeralda de los alquimistas, Hermes Trimegisto.

El camino, que Carbia pinta en forma de ruta, también es otro símbolo de gran peso en la historia del hombre. La tradición esotérica concibe la vida como un camino a transitar, el hombre es un “peregrino” (“extranjero” según la etimología latina) que salió desde la Patria Celestial para caminar por el mundo de la materia y luego regresar a su verdadero hogar. San Agustín definió al hombre como homo viator, cual caminante en marcha (o retornando) hacia el otro mundo. Algunas veces el camino de Carbia aparece bloqueado por un muro, aunque los portales situados a los costados parecen indicar que siempre hay una salida; otras veces parecen perderse en el infinito como aquellas rutas del desierto donde no parece haber un final. En sus pinturas Carbia pone en claro las dificultades del camino / vida, lleno de obstáculos, pero también de salidas inesperadas.

Las escaleras son otro elemento de este mapa simbólico, aparecen bien derechas y exentas, y son de dos tipos, pueden ser de un solo eje con peldaños a los costados en forma alternada, o dos maderos paralelos sobre los que se clavan los travesaños. La escalera es un puente a lo superior, símbolo de ascensión espiritual, pues cada peldaño es un desafío a superar. El episodio bíblico del sueño de Jacob (Génesis 28,11-19), marca claramente la función de la escalera; acostado sobre una piedra, Jacob soñó que ángeles ascendían y descendían por una escalera y Yahvé estaba arriba de ella; “qué terrible es este lugar, esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo” dijo Jacob al despertarse y derramó aceite sobre la piedra que le sirvió de almohada. En sentido amplio esa es la piedra angular para construir el templo interior y convertirse en un “hombre verdadero”, aquel que trabaja para superar los límites terrenales. Existen varios símbolos de ascensión, como la torre, el árbol, y la montaña, entre otros; en los paisajes metafísicos de Carbia hay muros en forma de triángulo y pirámides, también son axis mundi, ejes que une el cielo y la tierra.

Los muros de ladrillos también son frecuentes, la pared resguarda y protege como si detrás de cada una de ellas hubiera un bien oculto difícil de obtener. Carbia se preocupa de dibujar ladrillo por ladrillo, lo que equivale a considerar la parte que conforma el todo. Entre los masones, aquellos viejos constructores de iglesias medievales, era fundamental pulir la piedra bruta para que pudiera encajar en el muro, la uniformidad que permitía levantar un templo. En las últimas pinturas aparece el damero, un tablero formado por cuadrados alternativamente blancos y negros igual que las casillas del tablero de ajedrez o damas. La yuxtaposición del blanco y del negro representa la luz y las tinieblas, el día y la noche y por lo tanto las dualidades cósmicas, los pares de opuestos complementarios, tal como expresa el símbolo chino del yin yang. Tal simbolismo tiene su correlato en la tradición hindú donde el iniciado debe sentarse sobre una piel de pelos negros y blancos, que aluden respectivamente lo no manifestado y lo manifestado, una idea que llega hasta el célebre Cuadrado negro sobre fondo blanco de Kasimir Malevich, líder del suprematismo ruso.

Al observar cada una de las pinturas de Carbia vemos un manejo del espacio a la manera de la perspectiva del Renacimiento, con una rica paleta de colores en armonía, en ese espacio ordenado y detrás de la aparente rigidez de las formas, de la geometría estricta, se asoma el símbolo, que es el vehículo más voluble para expresar las preocupaciones más atávicas y vitales del ser humano.

 

                                                                                      Julio Sanchez (2014)